La semana siguiente, cargué mi lonchera llena de stickers y viajé
silenciosa con mis 5 años a cuestas, mirando el cielo, a veces nube, a veces
rayito de sol.
Muchos detalles creo (y es creer, porque las imágenes se me superponen, y lo que es seguro no lo parece realmente) se
han volatilizado. Pero “creo” ver el borde mojado de la piscina y una gota
temblona bajando por mi nariz.
Lo siguiente fue robarle su secreto al tiempo, porque bajo el
agua, el tiempo no existía; bajo el agua, era infinitamente lento.
Mientras me hundía hacia lo profundo el espacio se detenía, y un
hilito escarlata se elevaba, girando, la
sangre diluyéndose, ante mi asombro.
En algún momento me sacaron.
Los recuerdos se han borrado, pero bajo el agua el
recuerdo se hizo indeleble, se quedó quieto, húmedo y azul.
Un azul interrumpido de escarlata.
