Mientras avanzábamos en
fila, me quedé atrás y di vuelta al muro del museo. Estiré los dedos hacia el ojo redondo que
sobresalía y sólo entonces me di cuenta de todo el cuadro.
En un fondo gris, en la arena de algún lugar extinto, un ojo
monstruoso, luchaba contra unos seres indefinibles. ÉL, ERA EL ÁNGEL.
Desangrándose junto a los angulosos, los estéticos demonios. En
toda la pared lo mismo, los ángeles sobresalían como queriendo escapar de su
lienzo. Una lata de leche salía torcida por una esquina, y los
monstruos-ángeles volaban o se estrellaban en una tierra desierta, cruel.
Al otro lado del apocalipsis, sólo una niña y un anciano miran el
miedo desmigajado en arte.
Cuando la profesora me encontró, solamente quedaron el señor y su sombrero. Mirando a los ángeles alados, transfigurados
en carne, pisando la tierra.
*Cuando
pienso en ángeles veo animales, partes humanas, palpitantes y vivas, se
permutan, se transforman. Nos observan.
