}

domingo, 21 de diciembre de 2014

ECDYCIS





Esa mañana la niña mala despertó convertida en un enorme insecto.
De un tiempo a esta parte la niña de mi cabeza ha mutado y se transforma en un indefinido que desconozco.
Las palabras no salen, las letras se pierden, no existen más  Sic fiebat Semper, no más café humeante en tarde lluviosa.
Se han caído los pedazos de la casa de caramelo, le soplamos al castillo de naipes. Ahora que soy un insecto, puedo frotar mis 17 patas buscando un poco de calor. Volar hoy aquí, arrastrarme mañana allá, soy un insecto que atrás dejó la literatura presuntuosa. Que olvidó a Proust y Foucault. Los pecados y la hierbabuena.
Debajo de un felpudo me lamo las heridas para sacarme la culpa lentamente. Con mis patitas finas me saco primero el cascarón, el esqueleto del escritor sepia, entristecido, poeta a fuerza de la soledad rodeada de gente. Del escritor de la conjetura, de la paradoja.
La niña mala es un enorme bicho, coleóptero de 33 ojos y 4 alas que le zumba a tu yo más profundo,  que quiere jugar un rato, dispuesto a apolillar el mundo.
Voy a caminar elegante por las paredes, a dormir en el techo del Cantabrio, caballito del diablo.
En este cambio hacia mi yo más mutante, la métrica y la armonía han fugado en busca de otro yo más decorativo.  No tengo mi polvo mágico anudado a mi mano, ya no puedo levitar ágil de pesares.
Niño bueno, quiero abrazarte pero no puedo, soy insecto. Que quiere anidar en el dulce de tus dedos. Que se sigue transformando, buscando desprenderse de las antiguas tristezas, pasadas culpas (y las futuras), otros “yo” que se hacen ahora desconocidos, descoloridos.
Me arranco ahora la cabeza apretando despacio, para seguir zigzagueando sin ella, una hormiguita laboriosa y decapitada, que busca alimento entre tus manos.
Me convierto en el bicho reluciente y rechinante, el extraño visitante. Creo que prenderé un fuego azul a mi cabeza, a la montaña de cuentos inconclusos, que morderé los lápices, que olvidaré los cuadernos.
No puedo escribir más, pero te pregunto por tu vida, Niño bueno. Te pregunto por lo que viene, ahora que mi cabeza ha rodado hacia el infinito, ahora que amanecí y soy insecto.
Hoy que soy otra persona.

viernes, 24 de octubre de 2014

miércoles, 22 de octubre de 2014

A PROPÓSITO DE ESA VIEJA CANCIÓN

Cuando era aquella niña, me empapaba del placer de la soledad y la nostalgia.
Imaginaba que enamorarse debía sentirse más o menos así, placentero y triste. Pero eso llegaría muy tarde, o como las cosas sin importancia pasaría sin dejar marca. O no pasaría nunca, era lo más probable.

Miraba la lluvia por la ventana, dibujaba aves oscuras sobre el cableado de la calle. Caminaba con las manos en los bolsillos, con la cabeza en los zapatos, en lo profundo del cielo, tazón de leche boca abajo.

De ese tiempo extraño la nostalgia, extraño el gris de las cosas, pensar con la luz apagada, tantos libros, tantas cosas inconclusas.

Unos ojos verdes a quien le gustan mis ojos. Y el helado que cae del barquillo al suelo, eso era lo terrible, el mal era espurio y lejano, no se respiraba, no se palpaba. Extraño la inmortalidad del mañana que no llega, que no importa.
Era pues una niña triste.

Pero no era la verdadera tristeza, la verdadera tristeza no arrastra los pies, ni se lamenta de no comprar fresas con chocolate. Crecemos, y las cortinas se abren, comienza el espectáculo, este es el mundo.

Y hay otro debajo, donde todo está permitido, todo tiene forro de regalo y etiqueta, todo se compra, todo se vende. 

En ese tiempo mi hermano sonreía, me compraba una raspadilla con jarabe de fresa, y mírate ahora. En algún momento desperté en un mundo paralelo, no habían más tareas incompletas, ni diarios ni chupetines escondidos en el parlante de la vieja radio.

De ese tiempo extraño las voces de mi cabeza, las piedras que traje de Apurímac, soñar con volar. Hoy hay agua por todas partes, y cuando sueño puedo mojarme. La tristeza no se vendaba, no se echaba al basurero del olvido voluntario. Hoy extraño la ingenuidad de no conocer tantas cosas. 
Hoy quiero despertar del susto, abrir los ojos del sueño terrible para que me acaricien los dedos pequeños de mi hermana.

-Ya, ya pasó, solo era un sueño feo. Un sueño nada más.

sábado, 20 de septiembre de 2014

DÉJAME QUE TE CUENTE UN CUENTO

05:27 Domingo 07 Setiembre 2014

Es una buena tarde para morir. Pero este no es el día.

Existen pues dos miedos anidados en el alma del hombre, “el primero, el miedo perenne ante la posibilidad del milagro y el segundo miedo, más moderno ante la absoluta imposibilidad del milagro”. En mi estómago ambos luchan para sofocar primero mi garganta.

No se culpe pues a nadie por lo que va a suceder. ¿De quién es la culpa? Sólo éramos y somos todavía un par de niños. ¿Que buscábamos? Un pedacito de tiempo en los ojos del otro, una nube en forma de tortuga en el fin del mundo.
Todos somos egoístas, no he dudado nunca de la vileza que domina la naturaleza “claroscura” del ser humano. El monstruo está al otro lado del espejo, me mira con mis ojos y anda por las calles con mi cuerpo. 
Te toca con mis dedos, canta con mi voz.

Pero Dios no nos escucha, claro.
No va a matarnos el día de hoy, desde luego. Esperará a que yo te mate, luego tal vez me haga inmortal. Entones buscaré la muerte, día tras día y ella se escapará de mí.

Ese día voy a recorrer el mundo en busca de esas aguas donde se funde la muerte, donde pueden sangrar los inmortales, y se encuentra el castigo para el alma.
Existe en el límite del fin del mundo, un viejo naranjo marchito. A sus pies se abre el paraíso, en sus raíces habita la muerte. El viajero cansado, busca la paz en su tronco. Pequeño naranjo.

Cuando vuelve a abrir los ojos, otro día ha llegado. Pero shhh porque nunca llegará la noche.
Tú, pequeña hojita de naranjo, raicita verde – reverde que no florece, semillita de sal. Haz de esperarme hasta ese día, en el que abriré los mares y se escuche el eco de mis letanías.

El eco de mi grito en la montaña.
(Cuento inconcluso)