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Domingo 07 Setiembre 2014
Es una buena tarde para morir. Pero este no es el
día.
Existen pues dos miedos anidados en el alma del hombre,
“el primero, el miedo perenne ante la posibilidad del milagro y el segundo
miedo, más moderno ante la absoluta imposibilidad del milagro”. En mi
estómago ambos luchan para sofocar primero mi garganta.
No se culpe pues a nadie por lo que va a suceder. ¿De
quién es la culpa? Sólo éramos y somos todavía un par de niños. ¿Que buscábamos?
Un pedacito de tiempo en los ojos del otro, una nube en forma de tortuga en el
fin del mundo.
Todos somos egoístas, no he dudado nunca de la
vileza que domina la naturaleza “claroscura” del ser humano. El monstruo está
al otro lado del espejo, me mira con mis ojos y anda por las calles con mi
cuerpo.
Te toca con mis dedos, canta con mi voz.
Pero Dios no nos escucha, claro.
No va a matarnos el día de hoy, desde luego.
Esperará a que yo te mate, luego tal vez me haga inmortal. Entones buscaré la
muerte, día tras día y ella se escapará de mí.
Ese día voy a recorrer el mundo en busca de esas
aguas donde se funde la muerte, donde pueden sangrar los inmortales, y se
encuentra el castigo para el alma.
Existe en el límite del fin del mundo, un viejo naranjo
marchito. A sus pies se abre el paraíso, en sus raíces habita la muerte. El
viajero cansado, busca la paz en su tronco. Pequeño naranjo.
Cuando vuelve a abrir los ojos, otro día ha
llegado. Pero shhh porque nunca llegará la noche.
Tú, pequeña hojita de naranjo, raicita verde –
reverde que no florece, semillita de sal. Haz de esperarme hasta ese día, en el
que abriré los mares y se escuche el eco de mis letanías.
El eco de mi grito en la montaña.
(Cuento inconcluso)
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