Me compré una camisa elegante, o lo que encontré más parecido.
Ocupé mi lugar medio muerta de miedo, la mosca de la leche. Elefante en
campo de flores, nada más discordante.
Escuché a los poetas, verdaderos poetas con devoción. Mi silencio era
un rezo. Cuando estoy nerviosa (cosa inusual) me tiembla una esquina de la boca
y miro ahora con tristeza que en todas las fotos veo hacia otro ángulo. Miro al
Niño Bueno, a mi madre, a Verónica que se ríen de mi cara de ojos grandes.
Quiero verlo todo.
Si me hubieran pedido unas palabras de seguro rodaría por el suelo. De
seguro me temblaría toda la boca, seguro.
Me siento muy contenta, la mosca-elefante se siente feliz. Porque
dentro del lado opuesto que suele encerrar mi vida cotidiana, la objetividad y
seriedad que se espera de la estudiante acartonada, puedo derramar lagrimitas
dulces al ver uno de mis hijos (humilde poema) entre los ganadores de los
Juegos Florales de la Universidad.
Hemos cruzado el río.

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